“Se busca proyecto de café serio. Con marca. Con experiencia en coffee trucks.”
No recordamos exactamente qué decía aquel anuncio.
Pero sí recordamos perfecto lo que sentimos al leerlo:
nos están hablando a nosotros.
Y eso era medio absurdo.
Porque para ese momento ya estaban EBC, Azcapotzalco, Añil, San Juan y Conchadera. Cinco frentes abiertos. Cinco lugares que operar, cuidar y atender como se cuida cualquier cosa a la que ya le agarraste cariño.
Así que abrir otra unidad no parecía precisamente una decisión muy prudente.
Y aun así escribimos.
Porque a veces una oportunidad no llega diciendo:
“Hola, soy una gran decisión de negocio.”
A veces llega como una publicación perdida en internet que te hace pensar:
chingue su madre, esto tiene nuestro nombre.
Desde el primer mensaje hubo buena onda.
Luego fuimos a conocer la casa.
Y ahí se terminó de complicar todo.
Porque nos enamoramos.
No hizo falta darle demasiadas vueltas.
Era una casa en Coyoacán, una colonia caminable, una puerta hacia la calle y esa sensación difícil de explicar de que LACOLADERA podía vivir ahí.
Era ahí.
Aunque hubiera un pequeño detalle:
nosotros somos del norte.
De Tlalnepantla.
Y llevar una operación hasta Coyoacán significa, básicamente, cruzarte media ciudad y aceptar que el tráfico también será parte del equipo.
Pero había algo que nos hacía falta.
EXTRAÑÁBAMOS LA PUERTA ABIERTA.
No porque las comunidades que ya teníamos fueran menos importantes.
EBC tiene una comunidad estudiantil que hizo suyo el café.
Las unidades dentro de PEMEX nos dieron otra completamente distinta: gente entrando antes del turno, regresando todos los días, haciendo de la barra una pequeña pausa dentro de jornadas mucho más grandes.
Todas esas comunidades son LACOLADERA.
Pero Coyoacán nos recordó algo que no sentíamos desde hacía mucho tiempo.
Nos recordó a Pirules, nuestra primera cafetería.
No por cómo se veía.
Ni porque quisiéramos repetirla.
Por la sensación.
La gente pasando frente a la puerta.
El vecino que entra porque vio movimiento.
La persona que primero viene una vez y después ya sabes qué toma.
La calle empezando, poquito a poquito, a reconocerte.
Eso lo extrañábamos.
No solamente tener clientes.
Tener vecinos.
Y había otra diferencia.
Nosotros tampoco éramos los mismos que cuando abrimos Pirules.
En aquellos días sabíamos muchísimo menos de café.
Habíamos aprendido como casi siempre hemos aprendido aquí:
trabajando.
Equivocándonos.
Preguntando.
Preparando un chingo de cafés.
Visitando Veracruz.
Conociendo productores.
Calibrando máquinas.
Probando procesos.
Entendiendo, con los años, todo lo que existe detrás de algo que desde afuera parece tan sencillo como servir una taza.
Para cuando llegamos a Coyoacán ya cargábamos todo eso encima.
Las coladeritas.
Los eventos.
Las barras.
Los errores.
Las personas que habían pasado por aquí.
Don Carlos.
Finca El Izote.
Y una idea mucho más clara de qué café queríamos servir y, sobre todo, por qué.
Por eso Coyoacán no se sentía como empezar otra vez desde cero.
Se sentía más bien como regresar a algo que extrañábamos, pero llegando con más cicatrices y un poquito más de idea de lo que estábamos haciendo.
También queríamos volver a tener ese contacto directo con alguien que entra simplemente porque pasó por ahí.
Alguien que pregunta qué estás preparando.
Alguien que quiere saber de dónde viene el café.
Alguien que sí quiere escuchar sobre Carlos, Veracruz, procesos o calibración.
Y también alguien que no quiere saber absolutamente nada de eso.
Que solo quiere un buen café.
Y ya.
Porque tampoco queremos convertir cada espresso en una clase magistral.
A veces el café puede ser toda una conversación.
Y a veces solamente tiene que estar bien rifado.
Coyoacán nos dio nuevamente un lugar donde esas dos cosas podían convivir.
Una comunidad con muchísimo conocimiento de café, sí.
Pero también familias, vecinos, gente paseando, perros esperando afuera y personas que llegan por primera vez sin saber muy bien qué demonios es una Coladerita.
Y quizá eso era justo lo que necesitábamos.
Porque LACOLADERA necesita de una comunidad para existir de verdad.
No basta con una máquina bonita.
Ni con un café cabrón.
Ni con tener logo, vasos y una página de internet.
Necesitamos gente alrededor.
Y quizá —solo quizá— una comunidad también puede encontrar algo en nosotros.
No porque llegáramos a Coyoacán a enseñarle café a nadie.
Sería bastante mamón pensar eso.
Llegamos con nuestra manera de hacerlo.
Nuestra historia.
Nuestros productores.
Nuestros errores.
Nuestra hospitalidad.
Y con ganas de volver a abrir la puerta.
Todo porque un día apareció un anuncio buscando un proyecto de café.
Y desde el norte de la ciudad pensamos:
estos weyes todavía no saben…
pero nos están buscando a nosotros.
Lo que vino después fue llevar una Coladerita hasta Coyoacán.
Y eso sí…
es otra historia.
